Mensaje del presidente

Lecciones de David C. Lincoln

La última vez que hablé con David C. Lincoln, estábamos en su estudio y hablábamos de Pepper, su perro y mejor compañero. David me dijo: “¿Sabes? Calculé la edad de Pepper en años de perro y tiene exactamente la misma edad que yo, 92 años”. Y agregó con cierto brillo en los ojos y una sonrisa burlona: “Así que, ahí lo tienes: dos tipos ancianos de la misma edad, felices de vivir bajo el mismo techo, que comparten las comidas, disfrutan de la compañía del otro. . . ambos con problemas para controlar la vejiga”.

Esto era típico de la generosidad de David. En vez de evitar hablar de sus evidentes problemas de salud, amenizó la charla con humor, me hizo sentir cómodo y dio lugar a la conversación más valiosa y extensa que siguió después.

Nos produce una inmensa tristeza comunicar el fallecimiento de David Lincoln, fundador, arquitecto, presidente y líder espiritual del Instituto Lincoln de Políticas de Suelo. Es imposible transmitir con palabras la importancia que tiene David para esta organización. Él fue el visionario que detectó la necesidad de iniciar las primeras investigaciones y de capacitar y asistir a otras personas que comprendían el papel fundamental que tiene el suelo en el progreso económico y social. Él forjó su visión a fuerza de mortero y ladrillos hace 44 años, al fundar el Instituto Lincoln que conocemos hoy.

En los escasos cuatro años que conocí a David, aprendí lecciones valiosas. Compartiré algunas de ellas.

No es difícil que nos vaya bien cuando hacemos el bien.

Para David, la vida era un juego de sumas positivas. Uno puede suplir sus necesidades y, al mismo tiempo, dejar más cosas en la mesa para que puedan tomarlas los demás. Esto se puede logar si uno se atiene a un principio sencillo: la Regla de oro. Si bien David era un líder en la industria, inventor, humanitario, filántropo, padre y maestro, para nosotros, en el Instituto Lincoln, era una buena persona: un hombre íntegro y honrado que no se limitaba a hablar de la Regla de oro, sino que vivía y respiraba el código ético que había heredado de su padre, John C. Lincoln (1866–1959). Estas son sus propias palabras:

El principio ético central de mi padre era tratar a las personas del mismo modo en que nos gustaría que nos traten. Esto implica los siguientes preceptos:

Trate a la gente con total ecuanimidad. Esto es, a todas las personas. En los negocios, esto incluye a todas las partes de una empresa: empleados, clientes, propietarios y la comunidad. En la sociedad, significa que el gobierno debe tratar a los individuos de manera justa, y viceversa.

Quien crea algo, debería tener derecho a conservarlo. Suele ocurrir que se reciben los frutos del trabajo de otra persona (fruta caída del árbol). Pero, por cada fruta caída del árbol, hay una pérdida: alguien no obtiene todo lo que produjo. Ambos conceptos son poco éticos.

Las personas son importantes. Deberían ser tratadas con respeto y dignidad, no como máquinas ni engranajes de un mecanismo. 

—David C. Lincoln
Conferencia anual del Día del fundador,
Cambridge, MA, 1 de agosto de 1996.

David llevaba estos principios a la práctica todos los días, en todas sus actividades. Por ejemplo, en las empresas que poseía, adoptó la práctica de compartir las ganancias con los empleados; un concepto que fue piloto en Lincoln Electric. Tal como lo explicó en su charla del Día del fundador de 1996, para esto se debía “ofrecer un dividendo justo, pero no excesivo, a los accionistas e invertir en productos nuevos y métodos de producción. Más allá de estos costos, los empleados de Lincoln Electric obtienen todas las ganancias adicionales que producen. Los últimos bonos fueron de alrededor del 50 al 60 por ciento de los sueldos anuales”.

David comprendía que vivir éticamente no es suficiente para generar un juego de sumas positivas; uno debe esforzarse al trabajar y tener inventiva para crear valor adicional. Pero es necesario comprometerse con la ética para garantizar que los beneficios del esfuerzo y la inventiva se distribuyan de forma justa.

No evite las conversaciones difíciles; encuentre una forma de promover el debate civilizado.

David se atañía a la Regla de oro, pero también comprendía que incluso una pauta ética tan sencilla daba mucho lugar a interpretaciones e incluso conflictos. Para hacer frente a este desafío, creó espacios donde la gente pudiera reunirse para debatir y comprender distintas interpretaciones de la conducta ética, y resolver o evitar conflictos. Claremont Lincoln University (CLU) (una institución que fundó en 2011 junto con su esposa, Joan, y Jerry Campbell) fue diseñada para dar a los estudiantes la oportunidad de aprender a cooperar y colaborar con personas que poseen distintos puntos de vista. Los estudiantes construyen bases sólidas de autoconocimiento y luego agregan habilidades de compromiso crítico, pero constructivo, y un amplio conocimiento de las diferencias principales entre las religiones y los gobiernos. Aprenden a explorar las diferencias y reconciliarlas a nivel intelectual y emocional, siempre de forma respetuosa. David describió el objetivo de CLU con sencillez: “Creo que, si pudiéramos lograr que las personas que practican las distintas religiones trabajaran en conjunto, se comprendieran entre sí y cooperaran, en vez de pelearse, todos estarían mejor”.

David apoyaba otros espacios en los cuales los estudiantes podían explorar y comprender la importancia de la ética y la conducta ética en distintas disciplinas. En 2001, David y Joan crearon el Centro Lincoln para la Ética Aplicada en la Universidad Estatal de Arizona (ASU), para fomentar el estudio de dilemas éticos en leyes, ciencias biomédicas y espiritualidad. En 2005, la pareja fundó el Centro Lincoln para la Ética en Gestión Global, en Thunderbird School of Global Management, ASU. En 2008, crearon una donación permanente en ese lugar para apoyar a los profesores, las becas y las investigaciones. Durante dos décadas, apoyaron la exploración de la conducta ética mediante el Programa Lincoln en Ética Aplicada de Chautauqua Institution, al norte del estado de Nueva York. Todos estos trabajos demuestran la fe de David en que el intercambio intelectual no solo llevaría a que los participantes se comprendieran mejor, sino que ayudaría a mejorar el mundo.

Siempre tenga metas y un plan para alcanzarlas, pero no se cierre a los nuevos descubrimientos.

David era el hijo menor de John C. Lincoln, de Cleveland, empresario industrial e hijo de un predicador. John fundó la empresa Lincoln Electric en 1895 y tenía 54 patentes de inventos, entre ellas soldadoras eléctricas, motores eléctricos de velocidades variables y frenos de tranvía. Sus inventos ayudaron en el crecimiento de las industrias y las ciudades que, a su vez, ubicó a Estados Unidos en una posición de dominación económica y militar a nivel mundial en el s. XX. David siguió los pasos de su padre, participó en el consejo de Lincoln Electric y, entre sus numerosos emprendimientos, fundó Lincoln Laser Company y Cross Spear Marble Inc., ambas basadas en Phoenix. Los negocios de David seguían objetivos claros: elaborar un producto valioso y hacerlo de forma ética. Pero fue la experiencia con Lincoln Laser la que capturó mejor la actitud receptiva de David con los descubrimientos.

David y Randy Sherman fundaron Lincoln Laser en 1974, con una propuesta simple: querían usar láseres para hacer rompecabezas de madera. Empezaron a experimentar con espejos para usarlos junto con los láseres y, así, cortar la madera en el patrón del rompecabezas. Enseguida se dieron cuenta de que la combinación de láseres y espejos abría todo tipo de posibilidades diferentes. Hughes Aircraft se dio cuenta de lo mismo y comenzó a comprar los espejos de la empresa para sus cámaras de detección de infrarrojos. Pronto los llamó Xerox, porque vio que los espejos eran la solución a los desafíos de duplicar imágenes. Mediante su propio proceso de descubrimiento, Lincoln Laser siguió encontrando nuevos usos para su tecnología. Hoy, Lincoln Laser produce espejos utilizados en aplicaciones tan dispares como escáneres de códigos de barras, eliminación de tatuajes, imágenes biomédicas, sistemas de navegación para jets y producción de células fotoeléctricas. David me dijo entre risas: “¿Sabes? Nunca hicimos un rompecabezas, pero apuesto a que habrían sido buenos”.

Acepte el mundo tal como es, no como usted quiere que sea.

David era ingeniero aeroespacial, se había capacitado en el Instituto de Tecnología de California. Como tal, se enfrentaba a los problemas de forma práctica. Se sentía cómodo con el desorden del mundo. La gravedad y la fricción eran obstáculos naturales que se debían sortear con el uso del ingenio humano. Poco lo desconcertaban los mundos netamente teóricos construidos por los académicos, como los economistas y los físicos, cuyos modelos que construían desestimaban las complicaciones del mundo. Los ingenieros como David se enfrentaban al mundo real con todas sus complicaciones y encontraban la forma para que las cosas funcionaran. Él no comprendía cómo podrían aplicarse al mundo real las cosas que funcionaban solo en contextos totalmente imaginarios o teóricos. Como dijo una vez: “Supongo que tiene valor comprender cómo se mueven los objetos en un mundo sin gravedad y sin fricción, pero así apenas podré vislumbrar cómo funcionan las cosas en este planeta, que tiene tanta fricción y tanta gravedad”. Y agregó con ironía: “A veces, los teóricos se olvidan de algo importante al descartar estos pequeños detalles. Si uno trata de superar la gravedad, necesitará un poco de fricción. De lo contrario, ¿cómo lograrán volar las alas?”.

David fundó el Instituto Lincoln para concentrarse en cosas prácticas que afectan a la calidad de vida de los residentes del planeta. Comprendía que las políticas del suelo suelen unir la teoría y la práctica e insistía en que intentamos resolver desafíos de talla mundial con el uso de enfoques creativos al uso del territorio.

Desde que falleció, no siento que se apagó una luz, como nos suele suceder cuando perdemos a alguien verdaderamente grande. Sé que la llama que él encendió, que ilumina organizaciones notables, a cientos de familiares y amigos y a las miles de personas cuyas vidas él cambió, seguirá iluminando nuestros esfuerzos por hacer de este mundo un lugar mejor. Gracias, David.

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