La camioneta se detuvo y supe que era hora de bajar. Siguiendo el consejo del “guardián del agua” que acababa de conocer, abrí primero la puerta y esperé unos segundos. Respiré el aire denso de la montaña y bajé con cuidado. Apenas había caminado unos metros cuando sentí en el cuerpo el peso de más de 4.500 metros de altitud. Me detuve un momento, un poco mareada, esperando a que pasara el vértigo.
Nada de eso me impidió quedarme allí, de pie, contemplando el paisaje. Ante mí se extendían las montañas andinas del Perú, imponentes y silenciosas. Mientras observaba aquella escena, pensé que probablemente era el lugar más alto al que había llegado en mi vida, y me pregunté si el Instituto Lincoln habría llegado alguna vez tan alto…
Pero la altitud era apenas el comienzo de la historia.

Imaginar el futuro de una subcuenca
La visita a la montaña tuvo lugar el día anterior a un taller sobre resiliencia hídrica en la subcuenca de Santa Eulalia, muchos metros más abajo. El encuentro forma parte de un proceso que se ha venido desarrollando durante varios meses y que busca fortalecer la capacidad de distintos territorios de América Latina y el Caribe para imaginar y prepararse ante futuros inciertos relacionados con el agua.
La herramienta detrás de ese ejercicio es la planificación de escenarios exploratorios (XSP por su sigla en inglés): en lugar de apostar por un único futuro predecible o deseable, se propone navegar por una gama de futuros inciertos para luego regresar al presente y diseñar estrategias para enfrentarlos.
Santa Eulalia es uno de los cinco casos que conforman esta iniciativa regional, liderada por el Instituto Lincoln de Políticas de Suelo a través de su Consorcio para la Planificación de Escenarios y de su programa de suelo y agua, el Centro Babbitt para Políticas de Suelo y Agua. La implementación local estuvo a cargo de Aquafondo, el Fondo de Agua para Lima y Callao, una organización que promueve la seguridad hídrica mediante soluciones basadas en la naturaleza y la colaboración entre múltiples actores.
Durante dos días, integrantes de comunidades rurales, autoridades, organizaciones y otros actores locales trabajaron juntos para imaginar distintos escenarios, construidos en torno a factores de cambio que los participantes consideraron más críticos con base en su incertidumbre e impacto. ¿Cómo se vería esta subcuenca en medio de impactos climáticos frecuentes e intensos y de inestabilidad política? Esa fue la pregunta que abordó el grupo que trabajó sobre el escenario más adverso, al que titularon “Mi querida Santa Eulalia, te estás muriendo —¿dónde cantaremos las Hualinas…?”

Más allá de las diferencias entre escenarios, ciertas respuestas aparecían una y otra vez. Y cuando las ordenamos, terminaron dibujando tres grandes ideas.
Primera idea: cuidar la infraestructura natural y ancestral
La primera fue la necesidad de fortalecer las infraestructuras hídricas naturales y ancestrales que durante siglos han permitido gestionar el agua en las montañas. Aquí, las amunas ocuparon un lugar central.
Las amunas son canales construidos en las partes altas de las montañas que captan el agua de lluvia durante la temporada húmeda y la conducen hacia terrenos permeables, donde se filtra y recarga el acuífero. Almacenada en el subsuelo, esa misma agua se libera gradualmente y vuelve a aflorar meses después, en la temporada seca, en manantiales más abajo en la ladera, justo cuando más se necesita. Es un sistema tan sencillo como ingenioso, heredado de tiempos prehispánicos y conservado de generación en generación. La práctica se conoce como “siembra y cosecha de agua”: se siembra cuando el agua es abundante para poder cosecharla cuando escasea.
Su impacto no es menor. Se estima que un kilómetro de amuna aporta alrededor de 148.000 metros cúbicos de agua al año, según los estudios de monitoreo de Aquafondo, y hasta la fecha se han restaurado cerca de 87 kilómetros de amunas. Pero quizá lo más revelador es que el agua sembrada en las montañas no se queda allí: viaja por el subsuelo y puede llegar mucho más lejos, incluso hasta las ciudades.

Segunda idea: recuperar y transmitir el conocimiento
La segunda fue la importancia de recuperar, visibilizar y transmitir el conocimiento ligado a estas prácticas, a través de programas educativos y culturales.
Esta idea me pareció especialmente poderosa. Porque lo que no se visibiliza rara vez se valora. Y lo que no se valora rara vez se transmite a las nuevas generaciones. Cuando ese conocimiento se pierde, no solo desaparecen técnicas o prácticas concretas: también se pierde una manera de entender el territorio, de relacionarse con el agua y de construir resiliencia.
Esta no es una intuición aislada. El propio Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), en su informe sobre impactos, adaptación y vulnerabilidad (2022), reconoce que el conocimiento indígena y local ofrece una comprensión valiosa para actuar frente al riesgo climático y puede enriquecer las políticas y prácticas de adaptación. En las amunas, ese principio se vuelve tangible: un cuerpo de conocimiento de más de mil años de antigüedad que hoy demuestra ser una herramienta concreta para adaptarse a la incertidumbre hídrica.

Tercera idea: financiar lo que la montaña nos da
La tercera fue diseñar mecanismos de financiamiento para restaurar y mantener estos ecosistemas —y ahí, en cierto modo, se juega todo el esfuerzo—. Las amunas y los bofedales no se mantienen solos: necesitan manos que los restauren y recursos que hagan posible ese trabajo año tras año. La pregunta que estaba debajo de cada idea planteada en el taller era la misma: ¿quién paga por la infraestructura que hace posible el agua, y cómo llegan esos recursos a quienes la mantienen en pie?
No hay una sola respuesta, y por eso mismo vale la pena explorarla —desde instrumentos de financiamiento basados en el suelo hasta mecanismos voluntarios de conservación—. Este es el terreno en el que trabaja una institución como el Instituto Lincoln: articular cómo se usa, se gobierna y se financia el suelo, para que cuidar un territorio y pagar por ese cuidado dejen de ser dos decisiones separadas.
Lo que vale la pena subrayar es que no existen territorios aislados: el agua lo conecta todo. El agua que llega a Lima nace en las montañas, y mientras ese vínculo no se reconozca, quienes cuidan las fuentes en lo alto seguirán sosteniendo, casi en silencio, el abastecimiento de agua de millones de personas aguas abajo. El desafío es que estos mecanismos lleguen, sin diluirse en el camino, a las comunidades que cuidan el agua en las alturas.
La verdadera altura
Hoy, de vuelta en mi propia ciudad, apenas unos metros sobre el nivel del mar, todavía recuerdo aquel mareo que sentí en las montañas. Pero cuando pienso en este viaje, la altitud ya no es lo que más importa.
Lo que me queda es la imagen de comunidades que se reunieron para imaginar su futuro colectivo y, al hacerlo, reconocieron el valor del conocimiento acumulado a lo largo de generaciones. Quizá esa fue la verdadera altura alcanzada durante aquellos días: no la de los 4.500 metros sobre el nivel del mar, sino la de una conversación que llegó a lugares donde rara vez se piensa el futuro de manera colectiva, y donde el conocimiento del pasado todavía ofrece respuestas a los desafíos del mañana. Como lo expresó un integrante de la comunidad, con una sencillez que se me quedó grabada: “Muchas veces creemos que el pasado fue mejor, pero somos nosotros quienes podemos hacer que el futuro sea aún mejor”.

Melinda Maldonado es abogada basada en Argentina con Doctorado en Estudios Urbanos. Sus líneas de trabajo incluyen financiamiento urbano, cambio climático y conflictos urbano-ambientales. Tiene amplia experiencia como investigadora, docente y consultora en el sector público y privado. Es colaboradora del Programa para América Latina y el Caribe del Instituto Lincoln desde 2010 en cursos de cambio climático y fundamentos jurídicos de políticas de suelo. Aquí también es investigadora de financiamiento de medidas para el cambio climático con tributos y cargas urbanísticas, y especialmente las soluciones basadas en la naturaleza.
Imagen principal: Integrantes del equipo del Instituto Lincoln y de Aquafondo recorren la zona de amunas, a unos 4.500 metros sobre el nivel del mar. Fuente: Instituto Lincoln de Políticas de Suelo.
